Mi abuela tiene cerca de 85 años. Es una persona excepcional de las que dejan huella. Se trata de una marca casi imperceptible llena de cariño, consejos y ternura, ésos que solo tiene una persona vivida, fruto de la perspectiva que da la experiencia. Ella lleva enferma 40 años “porque ya se sabe que la diabetes es muy mala y no me deja comer aquello que me gusta y ahora puedo comprar”.

Mi abuela pertenece a la otra generación del 27, esa que no aparece en los libros de literatura pero que también ha pasado una guerra, seguida de una hambrienta postguerra con divisiones familiares, con miedos, con incómodos silencios… Ella también ha vivido una dura dictadura pero ha podido ver cómo cambiaban los tiempos y llegaba la transición y la democracia (“porque hay que votar y decir lo que se quiere”).

Pertenece a esa raza de mujeres que ha tenido que emigrar  a 900 kilómetros de su tierra para nunca volver, con apenas un colchón y la matanza, siguiendo a su marido cuando los Altos Hornos de Vizcaya estaban a pleno rendimiento. Ella junto a su familia, como otras tantas, tuvo que comenzar de cero en una tierra hostil, donde les llamaban “maquetos” y “pueblerinos” abriéndose paso, sin dejar de recordar el mantón de manila que había olvidado recoger.

Ella ha visto a sus hijas estudiar (“lo que se podía según la época y necesidades de la familia”), cómo han formado una familia y han trabajado porque ellas también querían aportar dinero a sus casas. Y lo más importante, unas hijas que han comenzado a decidir por ellas mismas, aunque ella no veía el porqué.

Y es que ella, es de una generación que no ha podido estudiar, que apenas sabe leer y escribir y resignada a que otros tomen sus decisiones, al suspiro de “ay Dios mío”, de las misas del domingo, del pago “de la cuota los muertos”, del “ay miraaa”  y del “si Dios quiere”.

Por eso, siempre trata a los médicos y a cualquier encorbatado de usted, y se llena de orgullo al saber que sus nietos/as son “señores/as licenciados/as”  (cuyas fotos con birrete luce en su pequeña habitación) y que sus nietas “que también son estudiadas”, no necesitan de un hombre que las mantenga, aunque siempre nos repita “que quiere vernos casadas”.

Ella siempre ha hecho ganchillo, punto y costura hasta que sus manos y su vista se lo impidieron. Siempre intentó enseñarnos a las nietas, aunque sin éxito “porque ya son otros tiempos, abuela”.

Esta mujer tuvo la gran suerte de vivir sola cuando el abuelo faltó porque por primera vez en su vida y ya con 79 años, empezó a poder decidir. Y eso le gustó. Porque por primera vez, esta mujer de ésa generación del 27, pudo sacar dinero de una cuenta bancaria (porque “eso es cosa del abuelo”), decidir cuánto dinero nos daba a los nietos (“chist, métete esto en el bolsillo”) y lo que quería comprarse de ropa.

Nunca ha aprendido lo que son los euros ni sabe cuánto es mucho o poco dinero porque cuando el abuelo faltó, la administración decidió que “ya era suficiente” con la mitad de  la paga (unos 400 euros al mes, después de toda una vida de sacrificio – vaya lujo!!)…

Mi abuelo no era mala persona (algún día también hablaré de él). Él era también de esa otra generación del 27, acostumbrada a que las mujeres éramos complemento de los hombres y que no debíamos trabajar más que en casa “que para eso ya tienes a tu marido”. Cada uno en su rol y con los patrones culturales que les inculcaron, hicieron lo que pudieron para sobrevivir al paso de los años y educar a su familia.

Mi abuela, nos mira sorprendida cuando le contamos cosas de nuestro día a día, es decir, por cómo podemos hacer nuestras vidas. Ella suele decirme  “Si yo hubiera nacido ahora”…e insististe en que seamos pacientes y que “la convivencia de pareja no es cómo una visita porque de visita todos son muy simpáticos y ahora se trata de vivir con otra persona”. Ella asume estos cambios porque nos quiere, aunque en el fondo le parezcan raros y suspira (ella es mucho de suspirar), “pero no me quiero morir sin verte casada” (a lo que sigue – uy que vida más larga te espera abuela….-).

Pero desde hace unos días, esta mujer a la que recuerdo siempre enferma, con miles de medicinas, con suspiros y “dios mío”, ya no habla y apenas se mueve.

Por eso he querido dedicarle estas líneas. A ella y a miles de mujeres y hombres de esa otra generación del 27, nuestros abuelos y abuelas. Porque escribir es mi pequeña terapia para sobrellevar esta pena y porque no quiero olvidar aquello que fue y que es, aunque hoy sólo pueda ver  una mirada de profunda tristeza en una fría cama de hospital.

Abuela, no sé dónde estás ahora, pero yo te seguiré viendo cerca de mi. Te quiero mucho. Un beso.

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Cuando el tiempo
no tenga ya memoria
Y todo lo pasado
Sólo exista en la luz
De mi recuerdo intacto

Autora:Josefina de la Torre
De mareo incompleto II

Fuente: Junta Andalucía. 80 aniversario generación del 27.

ACTUALIZACIÓN: Hoy se ha ido Amelia, nuestra compañera bloguera de 97 años. Todo un ejemplo de que nunca es tarde para aprender y que siempre es necesario poder aportar. Desde su pequeño rincón 2.0. nos enseñó grandes cosas. Ella se encuentra ahora en Muxia y estoy convencida que intentará escribirnos muchas cosas para cuando podamos leerla. Amelia, tu también eres de esta generación del 27.

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